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En puertas del tercer milenio: Bertrand Russell: el hombre de las mil caras

por MAÍZ JIMÉNEZ, F., PÉREZ SANZ, A.

En puertas del tercer milenio:
Bertrand Russell: el hombre de las mil caras

El periodista tenía la misión de escribir un artículo sobre un eminente matemático y filósofo que acababa de fallecer: Bertrand Russell. Él mismo había asistido en su infancia a la escuela que había fundado el finado junto con su segunda esposa. Había pedido que el artículo se lo encomendaran a él pensando que tal vez se encontraría en el sepelio con algún compañero de la infancia. Cuando llegó a Penrhyndeudraeth (condado de Gwynedd, Gales, Reino Unido) el lugar estaba ocupado por grupos de personas de lo más variopinto. Decidió darse un paseo con la intención de oir los comentarios que se estaban haciendo, intentando recabar información acerca de la vida y obra del fallecido. De todos los grupos, el que más discordaba por su aspecto y por la lejanía con el resto, era el de los aristócratas. Se veían como un reducto de la alta sociedad, fuera de contexto, de otra época quizás, en este mar de almas tan dispares. Le llamó la atención una mujer espigada con un gran sombrero, con cara de no gustarle mucho la compañía, que se hacía servir el té por la que sería su dama de compañía. La señora miraba a todo el mundo con desdén, haciendo fruncir músculos de la cara que desconocía. Comentaba con otra señora que también sería de la alta so ciedad, pero que probablemente confraternizaba más con lo que seguramente denominaban «populacho». —Parece mentira. Desaprovechar el panteón familiar y hacerse incinerar. Desde luego que ha sido excéntrico hasta el final de sus días. —Bueno, hay que estar con los tiempos querida, y bien sabes que Bertrand ha vivido su tiempo intensamente. —Sí. No parece que se imbuyera mucho de la estricta educación que su abuela le dio. La propia de su posición social, la que marcaba su nacimiento.

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